martes, 23 de enero de 2018

OLVIDO
Cuando dejás de fumar
es día por día
pero sos fumador
para siempre
el olvido también
llega día por día
pero para siempre

sos tus muertos.
Memento I

Vi una pareja de enamorados

Una madre con dos niños pequeños

Un viejo con manos grandes

Y las plumas

De una paloma muerta

Diseminadas por el piso del vagón.



Memento II

Por el rectángulo de hierro

Veo la copa de un árbol

Deshojada

No es otoño

En las ramas

Hay tres pájaros.


EXPERIMENTA

Siete músicos

Siete maldicentes  

en disonante grito

de corcheas  

Interpelan

los clásicos oídos

Con lo real

supra real

material y dialéctico

Te ponen  en contexto  

Basta llenar los espíritus

para vaciar de basura las cabezas.
Diciembre 2018

cuando vienen los gases
corro a esconderme
soy cobarde
caigo en medio de la avenida
y me lastimo
es diciembre, el calor aprieta
o a veces la lluvia empapa
los uniformes de la infantería.

lunes, 1 de enero de 2018

El Agua

Me quedé en la Tierra porque en los nuevos mundos habían caído en desuso los libros de papel. No podía acostumbrarme a las pantallas y leer era vital. En mis visitas a Esturión, el planeta en el que vivían mis padres, había visto que las bibliotecas respondían a la voz humana. Los ejemplares se desplegaban en audio y video, mediante un dispositivo que se colocaba en los anteojos. Todas las personas, incluso algunos animales, usaban anteojos para protegerse de los ultra rayos.
El día que comenzó la inundación, recibí una llamada. Vení al puerto, me dijo Ariel, y continuó, vení con lo puesto y traé un libro. Intenté comunicarme con Gabi, o con Clara, para ampliar la información. Fue inútil, las líneas estaban saturadas.
Cuarenta años antes, los polos habían comenzado a derretirse. Primero fue una grieta en la Antártida, después las roturas se hicieron masivas.
Me paré frente a la biblioteca, quería llevármelos todos, entonces agarré una vieja edición de La Divina Comedia y una Biblia que nunca había leído. Los metí en un bolsillo del abrigo.
Antes de cerrar la puerta de casa dejé la edición de La Divina Comedia. La cambié por un librito de Eduardo Mendoza, un autor catalán que le gustaba a mi abuela.
Era tiempo de adviento y llegar al puerto fue complicado, las calles estaban llenas de gente y eso que el éxodo al espacio llevaba varios lustros.
La mayoría eran turistas que visitaban a sus familiares en la Tierra por las fiestas de Navidad. Tenían trajes anfibios. Sabían que la inundación podía ocurrir en cualquier momento. Las bases para evacuar estaban en alta mar, con esas ropas podrían navegar de manera autónoma por unas cuantas horas, hasta llegar a una plataforma.
En el puerto no había aglomeraciones. Las terminales marítimas espaciales debían estar atestadas. Caminé más de media hora buscando a Ariel hasta que escuché que me llamaba desde una fragata anclada en la zona nueva. El barco era un museo. Lo había visitado varias veces. En la cubierta estaban Ariel, Gabi, Clara, y otras personas. Trajiste un libro, me preguntó Gabi, le contesté que sí y le mostré la Biblia porque me pareció más conveniente. No, me dijo, varios trajeron biblias y no los dejaron entrar, no es un pase válido. El barco tiene un ejemplar estable, dijo. Entonces le mostré la edición de bolsillo de Eduardo Mendoza y me abrazó. Estás adentro. Dijo con un gritito. Clara, desde cubierta, me saludaba riéndose. Lamenté haber dejado los frasquitos de flores en la heladera, nos hubiera venido bien fumar un poco.
Al rato de embarcar, la fragata salió del puerto. Hacía frío. Supimos, por la radio del barco, que grandes trozos del Polo Norte bajaron por los mares y en un santiamén lo único que quedó al descubierto fueron las puntas de los rayos de la estatua de la Libertad. En el sur los grandes glaciares contaminados por sulfuros y ácidos, empleados en otro tiempo en la megaminería, se encendían y explotaban como una gigantesca mascletá.  Europa, Asia, Africa y Oceanía tampoco se salvaron, el agua de los Polos se tragó las islas. De nada le valió a Venecia tener forma de pez. Los imperios de oriente y occidente desaparecieron.
Nadie preguntó cuánto tiempo estaríamos navegando, el objetivo era no abandonar la Tierra. Si la empresa se complicaba siempre quedaba el recurso de una plataforma espacial.
La fragata estaba bien equipada, había reservorios de píldoras alimentarias y ampollas de hidratación para mil personas durante un año. Y libros, muchos libros.
Cuando oscureció, la mayoría nos reunimos en el interior del barco. Nunca pensé que pudiera albergar a tanta gente. Éramos centenares de personas.
La biblioteca ocupaba el mejor lugar. Ordenados en los estantes descubrí más de un ejemplar de La Divina Comedia y varias Biblias. Siempre hay quien hace trampa. De Shakespeare y Borges, como si todos los pasajeros se hubieran puesto de acuerdo, no había títulos repetidos. En una vitrina cerrada, sobre un atril, se destacaba una edición con tapas de cuero de El Capital, para  solicitarlo había que completar varios formularios. De mi autor favorito, encontré uno solo. No lo había leído. Se desarrollaba en Pringles, un lugar imaginario. Le faltaban las primeras hojas. Me propuse, para matar el tiempo, inventar cada día un comienzo distinto para la historia.
El camarote que me tocó era pequeño y estaba cerca de la sentina. Por las noches escuchaba las ratas y el olor era nauseabundo. Mi compañera, una anciana que se llamaba María me recordaba a mi abuela, no paraba de hablar. Callaba sólo mientras dormía, pero a veces, también hablaba en sueños. Ella quería llegar a Europa para volver a ver la Torre iluminada. Centelleando, como la había visto una Nochebuena. No le dije que hacía tiempo que la habían desmontado para mandarla al Planeta Sustituto Mayor. La torre entorpecía el despegue de las  naves que salían del Mar del Norte.
Una vez que falté a las lecturas colectivas me quedé escribiendo mi diario de viaje en el camarote. A mediodía advertí que María no había dicho una palabra. Me acerqué a su litera, volaba de fiebre.
Fuerza María, le dije, el agua está bajando. Cielo y mar seguían siendo la misma cosa. Murió en año nuevo, lo recuerdo porque ese día casi chocamos contra los picos de los Alpes.
Habíamos navegado cuarenta días con sus noches. Los censores mostraban que el centro de la Tierra tenía sólo un rescoldo. El frío comenzaba a helar el mar a la altura del Ecuador. Si las aguas bajaban, tendríamos que acostumbrarnos a los cambios.




CRECER                             

A los dieciseis años me fui a vivir sola a La Plata. Fui a la universidad. No tenía claro que  quería estudiar. Por las dudas me anoté en dos carreras. Una era la que mi padre impuso como condición para poder irme del pueblo y la otra, la que me parecía que me gustaba.
Conseguí una pensión económica, mi familia no estaba para tirar manteca al techo alquilando un departamento.
Me tocó compartir el cuarto con Mirta, una de las hijas de la dueña. Beba, la dueña se llamaba Beba. Tenía dos hijas un poco más grandes que yo.
Las tres eran grandotas, mujeres de ascendencia alemana, rubias, de pelo lacio. La madre usaba un rodete tipo banana como las artistas de los años sesenta.
En la pensión había varios huéspedes. Un matrimonio con un nene en la habitación del frente, dos muchachos de Misiones que estudiaban Veterinaria, al lado de la mía. En el altillo vivía un hombre, que trabajaba de mozo en un restorán importante. Con Ingrid, la mayor de las hijas, Beba puso a otra chica de mi pueblo porque tenían la misma edad.
La casa era bastante grande, tenía varios baños, un patio, al que daban todas las piezas y una cocina comedor que estaba al fondo donde había un horno a leña y un artefacto de seis hornallas. La heladera era grande, revestida en madera, con puertas arriba y abajo.
Beba andaba con cosas de astrología, te decía como eras según tu signo. Cuando nos sentábamos en el patio a fumar y hablar de cosas de la vida, venía y nos decía las características. A Tere, la chica de mi pueblo que tenía un novio de acuario una vez le dijo que el novio debía ser buen amante porque así eran los de ese signo. Tere se puso colorada y bajó la cabeza, era muy tímida y no le gustaba que se tocaran esos temas. A mi me entusiasmaban, yo no tenía idea ni de signos ni de amantes.
Beba tenía un novio, ella decía que aunque había cumplido sesenta y siete funcionaba muy bien. No era muy cariñoso, pero decía que era mejor que un consolador. Como el  tipo no le había dicho la fecha del cumpleaños, no había podido sacarle la ficha astrológica. Era bastante misterioso, me acuerdo que escribí un cuento para la facultad inspirándome en él.
Beba me dijo que yo, como era de piscis, era libre. Me lo tomé al pie de la letra. Mis libertades consistían en comprarme golosinas, fumar, salir de noche y de tanto en tanto, ir a escuchar las grabaciones de los discursos de Fidel que pasaban las de Bragado en su departamento. Iba a la facultad. Estudiaba en los bares y cuando podía, me prendía para ir a los bailes del comedor universitario. No salía mucho de noche porque Beba me frenaba. Me decía que no convenía, que los tiempos no estaban para que una chica de mi edad anduviera sola. Yo le insistía, entonces aflojaba.
Un día el hombre del altillo la invitó a Beba y a las hijas para ir el sábado siguiente a la Capital. Era la fiesta de los gastronómicos. El hombre había dicho que se iba a celebrar un banquete en la sede del sindicato en la calle Venezuela. En un colectivo iba a viajar la delegación de La Plata.
Yo nunca había ido a la Capital y tenía muchas ganas de conocerla. Otro atractivo era el banquete. Me imaginé que habría mesas llenas de comida. Como era en el sindicato de mozos pensé que los hombres estarían vestidos con sus uniformes, moñito en el cuello y saco de solapas brillantes y las mujeres arregladas con vestidos largos.
La nena también puede venir, dijo el hombre, señalándome, me puse contenta. Busqué  en el ropero un vestido de florcitas, vaporoso, que me había hecho mamá. Lo había usado en la fiesta de Año Nuevo. Aunque era corto, no desentonaría en el banquete.
Cuando llegó el sábado, Beba y las chicas se arreglaron como nunca. Eran tan altas que parecían artistas de cine.
En el colectivo me desilusioné, las mujeres estaban vestidas con ropas comunes, de todos los días y los hombres estaban en camisa, con el cuello abierto, sin saco y bastante transpirados.
Nos ubicamos en el último asiento. El hombre del altillo iba al lado de Ingrid, en un momento le puso la mano en la rodilla y Beba le cambió el lugar.
Cuando llegamos a la Capital no vi nada porque entramos por una zona oscura. Bajamos en la puerta del sindicato, el salón tenía mesas llenas de bandejas con pollo asado, lechón, huevos y tomates rellenos y ensalada rusa. Yo me había imaginado comidas distintas,  bandejas sofisticadas, faisanes, otra cosa. No había ni vittel toné. Esperé que para la hora del postre hubiera alguna sorpresa, pero sirvieron una cassatta pelada, ni siquiera le habían puesto chocolate caliente para que fuera más rica.
El baile recién estaba empezando cuando me llamó Mirta y me dijo, nos vamos. Beba toda colorada, traía a Ingrid de la mano, la chica tenía el pelo revuelto y se le había corrido el maquillaje y a un ojo le faltaba la pestaña postiza. Había estado llorando.
Las tres iban calladas cuando bajamos las escaleras del sindicato. Caminamos hasta una avenida grande donde tomamos un colectivo hasta la estación de tren. En el trayecto me di vuelta  para ver la cara de Ingrid y a lo lejos, alcancé a ver el Obelisco iluminado como un árbol de navidad.



lunes, 12 de septiembre de 2016

                                                           El traje

Tres veces llamó a la puerta. Era la contraseña. Le habían pedido que pasara después de las doce de la noche. Diez minutos después, para ser exactos.
Le iban a hacer una entrega. Debía llevarla al lugar donde lo estarían esperando.
La puerta negra, tenía el número 100  estampado en plata y unas tachas grandes en los vértices, también plateadas.
No salía nadie, pero como le habían dicho, tocó tres veces y esperó.
Pasaron cinco minutos. Con un chirrido como si le faltara lubricante en las bisagras la puerta se abrió sola. Entró, no sabía si tenía que hacerlo o si debía esperar afuera, no le habían dicho nada sobre eso. La curiosidad lo mataba. Estaba oscuro, no parecía haber nadie en la salita. Era pequeña, al fondo percibió una escalera. Se quedó petrificado. La puerta se cerró con el mismo ruido anterior. Pensó en la moto, no le había puesto el candado.
Subí pibe, le dijo una voz desde arriba. No distinguía bien los escalones y tropezó, golpeándose la espinilla de la pierna derecha. Cuando llegó a la sala le temblaba todo el cuerpo. Un hombre con anteojos negros estaba sentado detrás de una máquina de coser. Se dio cuenta que era ciego.
Agarrá la funda, le dijo. Con cuidado que está recién terminado.
Era una funda gris, de esas que se usan para guardar trajes.  Le costó levantarla, pesaba demasiado.

Bajó la escalera despacio. Entre otras cosas, no quería golpearse otra vez.